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El universo narrativo de Antonio Tello

©Fotografía de Jorge Tello

Editorial Candaya publica en España El mal de Q. libro que reúne los cuentos escritos por el narrador argentino entre los años 1968 y 2009. Nos reunimos con su autor en Barcelona para charlar íntimamente sobre los diversos tópicos que conforman su obra literaria, donde el destierro ejerce un protagonismo crucial.

Por Cristián Guerra Bravo


Antonio Tello (Argentina, 1945) me recibe en su estudio, en Barcelona, durante una fría mañana de febrero. Estamos en pleno invierno europeo. Me invita a sentarme, mientras los cientos de libros que llenan su estantería me miran fijamente. Sobre su escritorio, un libro abierto. Cómo no.

Saco mi grabadora y el libro que me he estado leyendo esta última semana: El mal de Q. (Candaya, 2009), volumen de cuentos escritos por Antonio Tello entre 1968 y 2009. Relatos que en su conjunto son una pieza crucial de la literatura argentina. A propósito, me comuniqué con él para charlar sobre su nuevo trabajo que editorial Candaya publica en España.

Y aquí estamos. Frente a frente.

“Siempre me muevo dentro del mismo universo narrativo. Cuando me propongo escribir no sólo cuento historias, sino que averiguo todo lo posible sobre la condición humana y el contexto en que se mueven los individuos”, me dice de entrada.

Y continúa: “Las historias son pequeñas parcelas, pequeñas moléculas aisladas. Lo que hago es crear todo un universo para situar en éste a mis personajes. Por eso no hay una diferencia radical entre mis cuentos, pese a que fueron escritos en diferentes épocas”.

¿Pero hay una evolución natural en ellos?
“Los cuentos de la primera etapa y los de la última -que siguen siendo los de La memoria del exilio– sí evolucionan. En la primera parte prevalecía el aspecto social, la comunidad como tal; en los últimos prevalece el individuo enfrentado a su propia derrota, o a sus propios problemas, pero no como un miembro de un colectivo”.
En El Arquitecto, el narrador experimenta un drama personal con respecto a su propia obra. Un miedo a la equivocación, al detalle inconcluso…
“Exactamente. El personaje se da cuenta al acabar la obra –que es aplaudida por todos los demás- que ha cometido un grave error: ha confundido a la perfección con la belleza. Él se siente atrapado en su propia obra, en su propio error y el único modo de eludir esa prisión es la muerte. Por eso se suicida”.
Un personaje típico en su universo narrativo…
“Ese personaje está enfrentado dentro de un drama muy particular. Yo estaba escribiendo en ese tiempo Los días de la eternidad y la novela tenía algo que no era cierto. Algo falso. La estructura estaba correcta y se podría haber publicado perfectamente, pero yo sentí que había algo que no funcionaba. Y me dí cuenta que era la música ¿Qué había pasado? Yo no lo sabía en ese momento. Lo descubrí a raíz del cuento El arquitecto -y de un poema que escribí acerca de un relato de Lovecraft llamado El color que cayó del cielo– que el problema estaba en mi voz. Mi voz narrativa había cambiado. Llevaba varios años viviendo aquí (en Barcelona) y mi identidad había cambiado y yo no me había dado cuenta. Entonces utilicé el punto de partida de El arquitecto para tratar de encontrar esa voz”.
Un cuento clave entonces…
Por supuesto. Así surge una novela, El hijo del arquitecto, donde narro distintas etapas de la historia del arquitecto como artífice de la creación de mundos, de espacios, donde el ser humano puede vivir. Se va enfrentando al poder, a la materia, a diferentes aspectos y etapas de la historia de la humanidad. Es así como surge El arquitecto y cuyo principio es: “Un puñado de cenizas al viento, el viento que esparce las cenizas sobre el mar, sobre el tiempo, polvo leve y gris que se pierde …”. En esas carencias es donde intento dominar el lenguaje para encontrar mi propia voz”.

Y vaya que le resultó.

El desarraigo de un poeta

Antonio Tello nació en Villa Dolores, Argentina, en 1945. Ya desde muy niño que la palabra desarraigo habita en su mundo. Lo sigue en cada paso que da. Se fue mudando de pueblo en pueblo: esos sentimientos de pérdida, de ausencia, esas añoranzas por un paisaje, por una esquina o un amigo, siempre lo han secundado. Hasta el día de hoy.

A los 8 años sus padres se mudaron de su ciudad natal. El desarraigo comenzó ya en sus primeros años de vida.

En la localidad de Río Cuarto fue donde estuvo más tiempo. Pero a los 30 años se fue. En 1975, tras ser amenazado de muerte, consigue salir de su país con su familia, gracias al apoyo de Amnistía Internacional. Luego de una breve estancia en París, se radica en Barcelona, donde trabaja en varios medios de periodismo escrito, radiofónico y televisivo. Ha desarrollado casi toda su obra literaria en la Península, por lo mismo, a ésta se le ha llamado literatura del exilio. Pero Antonio -al preguntarle- repara en aquel término.

“Exilio no es una palabra que me guste porque tiene connotaciones políticas. Prefiero hablar de literatura del destierro. Al menos en mi caso. No sólo porque la escribí aquí en España, sino porque desde antes comenzó siendo del destierro. En mi primer libro de relatos, El día que el pueblo reventó de angustia, el cuento principal habla de un éxodo y fue muchos años antes que me ocurriera el destierro”, enfatiza.

Pese a aquello, no le molestan en lo absoluto las etiquetas con que es denominada su literatura: “Pero sí es una literatura que habla del desarraigo, de la angustia, del saber que tus raíces siempre están en el aire. Mi experiencia vital parte desde el desarraigo”, agrega

Siempre seremos extranjeros fuera de nuestras tierras, en ese sentido ¿De qué manera está presente Barcelona en la creación de su obra literaria?
“Está muy presente. Pero Barcelona es algo muy personal, es decir, la Barcelona que yo cuento no es la misma que puede contar un catalán, un barcelonés. Está la mirada del que viene, del que la desea como ciudad para vivir. Para mí, Barcelona es la ciudad del deseo. La ciudad de la paz, de la tranquilidad, de ese deseo de asentamiento. Pero procuro no nombrarla, como también procuro no nombrar a Argentina. Es muy difícil que aparezca el nombre de Argentina o de mi ciudad en algunos de mis relatos”.

El universo literario de un poeta

Hubo relatos de Antonio Tello que nunca fueron publicados. Y que hoy después de muchos años vieron la luz. Son cuentos que no estaban realmente acabados. Por diversas razones. Para este autor, todo poeta tiene que ser un hombre paciente ya que la desesperación por publicar a veces te lleva a entregarle al lector cosas inacabadas e imperfectas.

“Hay que buscar la perfección y la belleza. La armonía es muy importante. Hay cuentos que han estado apartados de toda publicación. Pero te aclaro una cosa: no he publicado casi nunca en revistas, salvo en una oportunidad. A veces han sido anticipados en algunas publicaciones, pero nunca publicados íntegramente. Hay uno, El Martínez, que estuvo casi treinta años sin publicarse –lo escribí en Argentina- hasta que un día caminando por Avenida Diagonal supe cuál era la corrección que tenía que hacerle”, me cuenta.

Era la corrección de la última línea del texto.

¿Es importante en este caso el concepto “corregir”? se lo pregunto por el tiempo entre escritura y publicación…

“Te lo especifico en El Martínez. Este es un cuento que escribí hace treinta años atrás como te había dicho, pero su personaje siempre me estuvo rondando. En todo momento. Estoy dentro del mismo mundo narrativo que él. A los personajes me los encuentro. Me están hablando, siento sus voces. Cuando estoy escribiendo los siento a través de sus carencias, siento a través de sus propias voces que algo no funciona”.
Y a través de la misma escritura ¿O no?
“El mismo ritmo narrativo de un cuento te lleva a perfeccionarlo. Vas llenando los vacíos poco a poco. Los corriges y los dejas allí. Luego vuelves, mejoras, trasladas los párrafos. Nunca me canso. Los voy trabajando hasta que compruebo que cada frase, cada palabra, tiene sentido”.
La decisión de un recurso narrativo por sobre otro es muy determinante, por ejemplo, el uso de cursivas presentes en sus textos…
“Cuando hablamos del lenguaje no sólo son las palabras, sino que todos los recursos que te permiten las modificaciones gráficas. Todos ellos son denotativos. Si pones una cursiva estás llamando la atención, sobre todo si la ocupas en un contexto de letras redondas. O cuando utilizamos adverbios para acompañar a un verbo o adjetivos para modificar a los sustantivos. No hay que usarlos tan seguido porque cuando de verdad quieres denotar una acción en el relato, la pierdes. Si prescindes de estos elementos es el silencio el que está funcionando, y si metes una cursiva, una coma o un punto, o frases cortas seguidas, alteras muchísimo el sentido de las palabras”.

Señor Q.

Los cuentos reunidos en El mal de Q. son enigmáticos y tensos. Revelan la obstinación del autor por el lenguaje y por la constante lucha del ser humano contra la adversidad y la violencia del mundo. Personajes que transitan por un presente inestable donde sus identidades son trastocadas.

Son relatos brutales.

“…Y aunque grite la gente no me oye. No me oyen y están todos juntos. Pasan juntos. Y su cuchillo brilla. Sí, está ahí, lo estoy viendo. No, no quiero que me mate, no, No quiero morir. ¡no quiero que me maten! ¡No se acerquen! ¡No quiero, no quiero! ¡No me maten!
Al rato los gritos se perdieron con el lamento de una sirena y el ómnibus retomó su viaje urbano. Yo también”.

Escribe Tello en Un viaje urbano, el sexto cuento de este volumen.

El mal de Q. le da el título al libro ¿Qué tiene este relato por sobre los demás?
El mal de Q. es una etapa importante de mi universo literario. Aquí es evidente que la línea de supervivencia ha sido lograda, pero la derrota no ha sido superada. Y esa derrota ya no es colectiva, sino individual. Es el hombre enfrentado a sí mismo. El mal de Q.  no es un mal que esté tratado desde el punto de vista colectivo, es la decisión del hombre que hace que padezca ese mal. Lo que he procurado es que los títulos de mis libros de cuentos que he publicado a lo largo de mi vida representen la última etapa. El momento más importante. Y este título es muy significativo en ese sentido”.
El juego con los libros llamó mucho mi atención. Ese juego entre el personaje y la fantasía…
Los libros que enferman a Q. están ya pasados por el tamiz del absurdo, del vacío y de la nada. Lo único que le dejan en la sangre es tinta. Pero nada más. Es el triunfo ya no de la fantasía anquilosada, como en el Quijote de Cervantes, sino de una falta de fantasía. Este hombre no quiere soñar, Q. no quiere la fantasía, sólo quiere acomodarse a este entorno; Q. es la quinta esencia de todas las persona de esta sociedad moderna. La del orden y que nada altere sus vidas. Se están llenando de mal. Sus vidas están oscurecidas por dentro. Ellos deben enfrentarse a la fantasía pero al enfrentarse se descubren y les da miedo ¿Quiénes somos en realidad? ¿Somos personas, enfermos o insectos? en esta sociedad de hormigas o de cucarachas. Ese es el sentido que he pretendido darle a este cuento”.

El mal de Q.

Antonio Tello

Editorial Candaya

Noviembre 2009

208 páginas

©2taller

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  1. Aún no hay comentarios.
  1. febrero 10, 2010 en 1:00 pm

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